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13 ago. 2008

No te enamores de una espía

Hasta que estalló el escándalo Profumo. Se descubrió que el ministro de la Guerra, John Profumo, hombre conservador y casado con la actriz Valerie Hobson, tenía una amante: la prostituta Christine Keeler. El affaire adquirió tintes más preocupantes cuando se supo que la chica también era amante de Eugene Ivanov, agregado militar de la embajada rusa. En realidad, la Keeler había sido utilizada por su proxeneta, Stephen Ward, para robarle información al ministro y vendérsela a los rusos. El político tuvo que dimitir; el militar ruso volvió a su país; la chica se hizo famosa contando su historia y Mr. Ward apareció muerto. La versión oficial dijo que fue un suicidio, pero corrieron rumores sobre una venganza del MI5, el servicio secreto británico. Aquel escándalo sirvió para poner de moda algo que todo el mundo creía que solamente era una fantasía propia de las novelas de intriga: el sexpionaje.

Batallones eróticos

Parece ser que los rusos copiaron de los nazis la idea de usar el sexo como arma para el espionaje. Tal y como reveló en sus memorias Vera Verkov, una ex agente del KGB, los rusos crearon en la década de 1960 un ejército de agentes sexuales. Es difícil saber qué hay de leyenda y qué de verdad en su relato, pero cuenta que fue reclutada junto a otra docena de hermosas chicas. “Nos dijeron que eramos soldados, y que el cuerpo era nuestra arma”, explicó Vera en sus memorias. Un relato que no tiene desperdicio, ya que describe cómo las mujeres eran entrenadas viendo filmes pornográficos, y que luego ponían en práctica sus enseñanzas en clases prácticas que acababan convertidas en orgías.
Aquellas bacanales se filmaban con una cámara, y las alumnas debatían sobre sus progresos tras haber visto las cintas. Aunque este tipo de tácticas no siempre salía bien. Así, durante la vista oficial del dictador indonesio Ahmed Sukarno a la Unión Soviética, los rusos le tendieron una celada y le pusieron en su hotel a varias de sus chicas disfrazadas de azafatas. Sukarno se lo pasó de miedo mientras el KGB filmaba su orgía con el propósito de presionarle. Lo que nadie se esperaba es que, cuando le mostraron las imágenes, el dictador pidió que le hicieran una copia para exhibirla en su país, ya que a sus súbditos les encantaría saber que tenían un presidente tan “macho”.

El círculo de Cambridge

Así fue un grupo de agentes británicos que trabajaba para los soviéticos.
Lo formaban tres brillantes homosexuales, Anthony Blunt (1), George McLeod (2) y Peter Burgess (3), comandados por un cínico espía llamado Kim Philby (4).

Entre los secretos que vendieron a los rusos estaban los documentos que permitieron a Stalin fabricar la bomba atómica. Cuando fueron descubiertos, a finales de la década de 1950, desertaron a la URSS. Al principio fueron recibidos como héroes; pero los tres primeros, por su condición de gays, acabaron cayendo en desgracia ante las Autoridades soviéticas y fueron deportados a Gran Bretaña.


Mujeres fatales

Pero no todas las operaciones fueron tan frustrantes como la de Sukarno.
En 1968, el FBI elaboró un informe en el que reconocía que muchos empleados americanos que formaban parte de alguna legación destinada en Rusia eran clientes de redes de prostitución controladas por espías soviéticos. A veces, in cluso, los topos surgían de manera casual.

Es el caso, por ejemplo, de un agente de la CIA –destinado en Viena y cuya identidad nunca se hizo pública– que descubrió que su jefe de grupo se acostaba con su esposa y, en venganza, empezó a trabajar para los rusos. Aunque los servicios secretos occidentales tampoco le han hecho ascos a estas tácticas. En 1970, los agentes de Washington descubrieron que Alexander Ogorodnik, un agregado militar en el consulado ruso de Bogotá, estaba enamorado de una aventurera española.

La CIA fichó a la chica, y meses después el ruso estaba pasándoles información a través de ella. Pero la doble vida de Ogorodnik fue descubierta por los suyos y el diplomático prefirió suicidarse –con una cápsula de cianuro que tenía escondida en su estilográfica– antes que enfrentarse al deshonor de tener que ser repatriado y sometido a un consejo de guerra. En el argot de los espías, la práctica de poner un cebo femenino se denomina “trampa de miel”, y a las agentes usadas para este fin “cisnes”.

Ningún servicio secreto ha renunciado a usar los encantos femeninos para conseguir sus fines, pero al parecer el que se lleva la palma es el Mossad israelí. Una de sus operaciones más sonadas ocurrió en 1986, para evitar que un científico traidor, Mordejai Vanunu, vendiera secretos del programa nuclear israelí al diario británico The Sunday Times. Al llegar a Londres, el físico conoció en su hotel a una guapa chica llamada Cindy.

Tomaron unas copas, subieron a su habitación e hicieron el amor. Aprovechando la resaca de la pasión, ella le dijo que tenía que ir a Roma y le convenció de que la acompañara a pasar el fin de semana en la ciudad del Tíber. Como no tenía que ver a sus contactos hasta el lunes, Vanunu aceptó sin imaginar que la chica era del Mossad.

Así, al llegar a la capital italiana, el científico fue capturado por varios agentes que le metieron en un avión y le llevaron de incógnito a Israel, donde fue juzgado por alta traición. Sucesos como este han creado una imagen fantasiosa de las espías israelíes, como una mezcla de chicas Bond y mantis religiosas, sin reparos para irse a la cama con quien sea necesario. Pero Aliza Maguen, ex número dos del Mossad, desmitificó esa idea. “Puede ser necesario recurrir a incentivos sexuales para conseguir información”, reconocía Maguen, “pero nunca obligaríamos a nuestras agentes a hacer algo así. Es mejor contratar a profesionales de pago si se da la necesidad”.

Los espías rompecorazones

Los encantos masculinos también han sido un arma muy eficaz. Así lo demostró Markus Wolf, quien entre 1953 y 1995 fue el jefe de la Stasi, la policía secreta de la República Democrática Alemana y el creador de la “estrategia Romeo”, una tropa de espías seductores que conquistaban los corazones de las funcionarias de los organismos oficiales de la Alemania Occidental.

El perfil del “agente Romeo” era: “Un hombre de mediana edad, bien parecido, educado, que despertase confianza”, explicó Richard Meier, la mano derecha de Wolf durante aquellos turbulentos años. ¿Y quiénes eran sus objetivos? Pues las secretarias. “Buscábamos mujeres solteras de cierta edad”, seguía contando Meier.

El agente debía ganarse su confianza, haciéndolas creer en la posibilidad del matrimonio. Según relató Meier en sus memorias, uno de estos espías, un agente del que solo dio su nombre de pila, Felix, contactó con su víctima, Norma, secretaria del cónsul francés, en una parada de autobús. Meses después, se casaron, y tras el enlace, Felix le reveló a su esposa que era un espía; para entonces, ella ya estaba tan enamorada de él que no se pudo negar a colaborar.

Pero fueron descubiertos y Norma, avergonzada, se quitó la vida. “Nuestro plan causó muchas historias trágicas”, reconoce Meie; “hoy me opondría en redondo a hacer algo así”. Pero Meier y su jefe, Wolf, también cosecharon sonados triunfos. Como colocar a uno de sus romeos, Günther Guillaume, casado con una funcionaria del Gobierno de Alemania Federal, como miembro del gabinete del presidente Willy Brandt. Cuando se supo que Guillaume era agente de la Stasi, Brandt no tuvo más remedio que dimitir.


La seductora del dragón

En su juventud, Katrina Leung (a quien vemos en una foto actual) fue una agregada del consulado chino en Washington. La CIA encargó a un atractivo agente, cuyo nombre clave era John J. Smith, que la sedujese para sonsacarla. Durante años, Mr. Smith y Mrs. Leung fueron amantes, sin que los americanos supieran que en realidad era ella quien le había seducido, y él quien le pasaba la información.

Las chicas de las SS

En 1936, el jerarca nazi Heydrich (a la derecha) fundó en Berlin el infame Salon Kitty, un burdel de lujo en el que los secuaces de Hitler invitaban a diplomáticos extranjeros a solazarse con hermosas jóvenes. Las chicas no eran prostitutas profesionales, sino simpatizantes del partido nazi que se ofrecieron voluntarias para desempeñar esa misión. Se las eligió por su belleza, cultura y dominio de idiomas, y fueron instruidas en el arte de sonsacar con técnicas sexuales a sus “clientes”. Todo lo que se decía en la intimidad de aquellos dormitorios era grabado por los cientos de micrófonos sembrados por todo el lugar.

El físico traidor

A Mordejai Vanunu, los contactos a quienes iba a vender los secretos atómicos de Israel le dijeron que no se fiase de nadie hasta que se cerrase la operación. Pero se cruzó en su camino una bella rubia llamada Cheryl Bentov. Vanunu cayó en sus redes sin imaginar que la chica era una agente del Mossad que operaba con el nombre clave de Cindy.

Agentes Gays

La homosexualidad ha sido hasta hace poco un tema tabú.
Dado que las trampas sexuales buscaban manipular los aspectos oscuros de las vidas privadas de sus víctimas, y que la homosexualidad ha sido hasta hace poco un tema tabú, se entiende que los espías gays hayan sido tan útiles. Lo demuestra la historia del Círculo de Cambridge. Tras la II Guerra Mundial, un joven y brillante agente del MI5, Kim Philby, recibió la orden de reclutar colaboradores. Lo que sus superiores ignoraban es que Philby era un doble agente al servicio de la Unión Soviética. Sus elegidos fueron tres amigos de sus años de estudiante en Cambridge: Anthony Blunt, Gary McLeod y Francis Burgess. Los tres eran cultos, elegantes y... gays, además de marxistas. Kilby los utilizó para seducir a altos cargos que también eran homosexuales, y chantajearles después. Su red de extorsión era tan amplia que el escritor John LeCarré dijo: “El servicio secreto británico parecía una agencia de contactos masculinos”. Cuando las fugas de información fueron tan evidentes como para intuir que la organización estaba trufada de topos, Philby y sus amigos desertaron a la Unión Soviética. Casos así ha habido cientos, y los habrá. Las “trampas de miel” siempre serán un arma poderosa porque, como decía Richard Meier, subdirector de la Stasi: “El dinero y el sexo nunca fallan. Quien no caiga con uno, caerá con el otro”.

El ministro, la actriz, la fulana y el espía

Christine Keeler (a la derecha, en color) era guapa y tenía amistad con Winston Churchill y el actor Douglas Fairbanks. Con tales antecedentes, no es de extrañar que el ministro John Profumo no desconfiara de ella cuando la conoció en una orgía. Porque, aunque estaba casado con la actriz Valerie Hobson (en la foto), el político llevaba una doble vida sexual. Profumo y la Keeler se hicieron amantes, y en sus noches de pasión el político le reveló datos sobre la flota británica. Sin sospechar que ella pasaba esa información a un militar ruso destinado en Londres.

El espía sin rostro

Así apodaban durante la Guerra Fría a Markus Wolf, el jefe de la Stasi alemana, ya que nadie logró saber cuál era su aspecto hasta que en 1978 un fotógrafo logró retratarle en Ginebra. Se dice que la película La vida de los otros está ligeramente inspirada en su figura. De hecho, Markus se enamoró apasionadamente de Annekathrin Bürger, una actriz de la Alemania del Este a la que tenía que vigilar. Cuentan que se obsesionó tanto con ella que utilizaba su poder para mantener alejado a cualquier potencial amante.

1 comentario:

Yle dijo...

juro q no trato de sonsacarte ningun secreto politico...

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